La carta.

 La carta sin fechar decía lo siguiente:

Al Sátrapas de esta tierra, que, por ser desierta, el viento seco, lo delgado del aire, supongo ha de ser un Sátrapas a quien debo dirigir la misiva. 

Rogando a los Dioses y a Ala no equivocarme...

En este punto nuestro amigo rogaba a la virgen María, su intercesión por sus pecados y que la carta no fuese a caer en manos de ningún gobernante cristiano. Más sin embargo continuo escribiendo...

Y no ser presa de muerte o prisión, pues también a Jehová y a Azrael elevo mis plegarias.

Nuestro amigo se la pensó antes de seguir... Escribir una carta en el desierto no resulta fácil. ¡El tintero! que no le entre ni una pisca de polvo, la tinta en la pluma, ¡escribir antes de que el viento la seque! Se la pensó sobre todo por lo que diría a continuación:

Mesholim es el nombre que recuerdo tener, y he despertado en las arenas de este desierto, a la primera hora del día. Pero a la hora cuarta de haber salido el sol y después de deambular, subir y bajar algunas dunas no muy altas, trace mi camino con rumbo suroriente, a doscientos metros encontré a un joven tirado en la arena...

Una cosa es mentir a cerca de tu nombre, pero otra muy distinta notificar sobre un joven que parecía importante, sobre todo por la plata que llevaba encima...

Al verme poso su puño sobre su pecho, y sin desviar su mirada de mi, sobre su hombro izquierdo, elevo su índice y exclamo ¡Baduino! Volviendo a colocar su puño sobre su pecho, con un poco más de fuerza, como queriendo hacer sonar su coraza, la cual, aclaro, no traía puesta. Entonces exhalo como agonizando, por lo que corrí hacia el.

Cuando llegue a el por su costado izquierdo, clame a Azrael para saber como conseguir agua, pero viendo que el agua estaba aun muy lejos, y mis condiciones no eran buenas para llegar hasta ella, ore a Dagón y a todos los Dioses que he escuchado en boca de los viejos y viajeros. El joven entonces, me tranquilizo, mostrando en su costado derecho un bulto. Aun respiraba. Metiendo la mano en su costado derecho, saque una anforita, muy bien manufacturada, con una cinta metálica negra en la base, grabada con un águila, y otra cinta con el acero desnudo, bien pulida.

Levante su cabeza con la mano derecha para evitar que se ahogara, y vacié el contenido en su boca, por debajo de la mascara. Al final, tome con el menique la ultima gota que se negaba a caer. Sabia a néctar, no lo se, puede ser jugo de uvas, rambután y agua de coco, con un poco de caña dulce. Tan dulce era el cristalino liquido.

Cuando baje la cabeza para guardar en su lugar la anforita, sucedió. Como una visión, un enorme camello salió de entre los dos. Temiendo ser lastimado, pues su corva se atoro en mi cabeza, jale. Pero el camello, tomándolo con mas calma, tomo una mejor posición, deslizando con suavidad su pierna para liberarse. Me vino entonces un estupor... Impedido, callo mi cara en la axila derecha de el joven Baduino. El joven guardo bien su ánfora, que parecía estar hecha de plata y acero. Ato su capa y la mía para cubrirnos el rostro, pues la tormenta de arena fue súbita. El camello se coloco sobre nosotros...


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