La Carta. III Parte.

Fernando se encontraba ahora en el interior de una cueva.

De los magos y de la playa, nada.

Frente a el, un hombre y un niño le observaban. A su derecha un hombre con una máscara de plata.

-Justo te estaba esperando.

En su mano colgaba una anforita de plata, con dos cintas de acero. La cual entrego al niño.

-Pero si eres tu... ¡Balduino!

Lucia otra cambio de ropa.

-Si vieras cuanto he esperado para volver a ti...

-Shhh...

El hombre de la cueva hizo señal de silencio e indico al niño con señales, que subiera y se fuera.

Estuvieron así, callados unos momentos. Fernando observa al niño, la escalinata en la pared conducía a la boca de la cueva en el techo, por donde se colaba la luz del día. Miro entonces el cielo, ¡el cielo que se extiende sobre nosotros! El cielo resplandeciente sobre todos los hombres, azul, hermoso. Observa la luz hasta que el hombre saco unas plumas del bolsillo de su cinto, extendiéndolas y agitándolas a la altura de sus orejas. La luz de la salida, en el techo de la cueva, los había encandilado.

Cuando Fernando volvió la vista a sus compañeros, solo vio oscuridad.

Las plumas en sus oídos parecían cobrar vida en pequeños zumbidos. Fácilmente podría pensarse que era el aleteo de algún insecto.

Fernando parpadeaba tratando de aclarar la vista.

Los aleteos se alejaron del en un instante, así como su amigo enmascarado. En un parpadeo, estaba ahora en medio de un campo verde, con arboles y cactus muy altos y floridos. Cactus que parecían haber estado ahí desde antes que el o su abuelo nacieran.

Pequeñas avecillas volaban de flor en flor, con sus picos largos y agudos, comiendo el néctar de las flores, su polen. Aves coloridas, plumas tornasoles con brillos casi metálicos, volaban en número que parecían enjambres.

Las siguientes palabras se mezclaban en la mente de nuestro amigo Fernando:

-¿Esta usted bien? Esta es la última vez que ve usted a su amigo... ¿Esta usted bien?

Fernando bebió toda el agua del guaje que el hombre le dio.

-¿Esta usted bien...? ya no se van a volver a ver... Esta será la ultima vez que ve usted a... Su amigo nos ha pedido quemar su capa y la de usted.

Respiro profundo. La mente se le aclaraba, por el aire fresco, el agua de manantial que el hombre había tomado de la cueva. El sol radiante brillaba sobre las avecillas de colores, volaban en enjambres sobre flores amarillas, lilas, blancas, haciendo parecer la vida más bella y más feliz, los gigantescos cactus floridos...

-Sí. Ya estoy bien.

-¿Se siente mal?

-No. Para nada.

-Tengo que volver a mis trabajos. Vera usted, me dedico a recolectar plumas de colibrí. Las vemos a artesanos, magos, decoradores... Viene gente de fuera, ¡de todos lados! Vienen a buscar nuestras plumas.

Con un ademan insto a Fernando a seguirlo, indicando el rumbo con la palma de la mano. El rostro se le iluminaba de felicidad cuando hablaba de su oficio.

-¡Artistas!. Continuo. Los hombres cuando quieren conquistar a una joven adornan sus ropas, sus sombreros, o simplemente se las obsequian. Tejedores y costureros, luego las lavanderas, pues esto no se lava así nomás... Muchos de los pagos se hacen con plumas de colibrí: Al carnicero, al socio, al jornalero, a las del aseo...

Nuestro amigo apenas tomaba aire. Así el tiempo se fue volando por el camino. A lo lejos los arroyitos se dejaban oír, como platicas de niños, como semillas cayendo, serenamente entre la sombra de los encinos. Se escurrirían con el agua salida de la tierra. Brotaba cristalina como el día.

Llegaron a un claro entre los árboles, donde laboraba un grupo de personas, había una casita que hacia la función de oficina, dentro de ella un cuarto era la bodega. Guardaban redecillas, cordones, algunas trampas para pajarillos, que son redecillas en forma de pelotas, canastas, pintura para la escritura, tinta y pinceles hechos con plumas, entre otros instrumentos de oficina y de recolección.

Todos trabajaban alegremente.

-Buenos días.

-Buenos días. ¿Y el señor? 

Preguntaban sus amigos con una sonrisa.

-Está fuera. Ahí me lo encontré en la Reunión ahorita que venia.

Iban y venían con las trampillas. Las mujeres regresan del campo, sus morralitos llenos de plumas. 

Más tarde llego el aguamielero.

-¡ya llego el aguamielero con las frituras! ¡venga por su aguamiel fresca y dulcecita!

Se anunciaba y todos corrían a refrescarse. 

Compraban cacahuates, comían mazapán y pagaban con plumas.

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