La carta. II parte.

Fue entonces que pude observar la mascara con que se cubría el rostro, ¡era de plata!, si, efectivamente era plata. 

La tormenta duro alrededor de una hora. Tuve entonces las visiones más celestes y cristalinas, con mujeres traídas de otra tierra, no se, de otra era. Las cuales narro a continuación: 

En una tierra cuya ubicación debe guardar en secreto, las Deidades y la gente que la habitan, son un tanto distintos a nosotros. En su mayoría de tes morena. Fui llevado allá por las luces que salían del sol, como plumas de color quetzal, en patrones cuadrados que registraban los contornos de un Teocalli, dejándome suavemente sobre una playa hermosa, con árboles frutales, como tejocote, mamey y tunas. Salieron a mi encuentro dos sacerdotes vestidos de plumas y telas de colores. Tres jóvenes los seguían por la playa. Se notaba que acababan de encontrarse. 

Me hablaron primero en su propio idioma, desconocido para mi, solo unas cuantas palabras. Hablando después en un catalán claro y fluido.

Sobre el mar habían un par de naves, descendían de ellas una pequeña comitiva de cinco hombres. Adelantándose uno de ellos declaro su nombre: Sir. Francisco Drake. Decía estar perdido, que su capitán no se encontraba en la nave, ni en ninguna parte, faltaba también mucha tripulación, por lo que decidió anclar en la playa...

- Es a ti capitán... A usted es a quien veníamos buscando .

Interrumpió a una joven del grupo de los tres. Ellos hablaban en español entre si, y en catalán cuando se dirigían a mi.
Para mi sorpresa, Sir.. Francis Drake, que hablaba inglés, parecía entenderles.

- No soy capitán.

Se adelanto a decir.

Los anfitriones, queriendo mantener la cosa en armonía, nos hicieron pasar.
Recorrimos un camino no muy largo, pronto se había unido un tercer sacerdote. Llegamos a una sombra levantada para el día de campo, con telas de colores y tiras bordadas, bastante elaboradas. Se sentaban sobre grandes tapetes hechos de palma tejida, a los que llamaban petates.

Yo, que venia huyendo de Murcia, pues los comerciantes vikingos habían tenido problemas por toda la costa de la península, y en mi ciudad natal, específicamente, por sus mercancías. Que al venir a cobrarlas, los han echado a la hora de hacer cuentas. A propósito que han echado mano del acero, pero los mercaderes, incluidas las mujeres, traían espada. Por lo que aquello parecía una batalla. Se replegaron hasta la plaza, en donde sus compañeros acudieron en su auxilio.

Todo  lo que vi y oí,  lo he escrito, así ocupo mis ratos libres en mi tienda. Solo era para recordar tantas historias que los viajeros me contaban cuando venían a comerciar. Queria hacer un libro de aventuras. Ellos venían de una tierra en donde solo hay hielo, el mar también es de hielo, y por las noches brillan las "luces del cielo": Auras de colores, según dice la gente, llevan las almas de los que ya partieron, recorriendo el viento nocturno en su camino a las estrellas. . . Conocían muchas y lejanas costas, ciudades de tierra adentro, por todos los reinos de la tierra... y diversos idiomas. Habían llegado a ellos comerciando sus mercancías, navegando todas los mares sobre sus Drakar, los cuales consideraban sagrados. Nadie en el mundo tenía naves que viajaran tan lejos. 

Un solo grupo de estos prósperos comerciantes, traía con sigo mas barcos que los que podían reunir Asturias, Navarra y los señoríos de Adberraman II. 

En Murcia construirían un muro, por lo que incautaron las mercancías de los vikingos. El gobernante de la ciudad creía que para cuando estos llegaran no podrían entrar, por lo que acordó con el albacea de las mercancías. Solo tenía que dar la mitad de todo lo incautado al gobernante y el se quedaría con el resto. Se repartieron el botín, como piratas de tierra firme. Pensando que no tendrían que pagar un céntimo. ¡Somos ricos! celebraban, interminables noches de derroche. Vino por el día, vino por la noche ¡Del mejor!.

No era cualquier cosa, con solo la mitad de las mercancías alcanzaría para construir un muro que rodease por completo la ciudad. Pero solo Dios sabe en que fue a parar todo ese dinero... 

Un amigo del mercader y el gobernante, vino a mi tienda por jamón, y para despacharlo en lonchas he prestado poca atención al hecho de haber dejado abierto el libro en el que escribía todo. ¡Lo ha amagado!, no se como. Mientras cortaba en lonchas el jamón. Se lo ha llevado a su señor, quien ha enviado a aprenderme...

 En este momento nuestro amigo interrumpió su carta. Cavilaba...

Que yo no vendo jamón... Vendo espejos, joyeros, peinetas... Pero la lucha y la propaganda, han dejado a la población de los alrededores tan asustados, que no han venido a vender sus animales y no ha habido jamón. 

Y todo por el dichoso muro, que ni ha construido ni administrado ese corrupto... a demás de sus chismes que ha hecho correr. He tenido que dejar mi hogar.

Casi le saltan las lagrimas a nuestro amigo en este punto, recordando a su mujer, el pecho se la vaciaba, recordaba las calles de Murcia, sus amigos, ¡toda su vida!.

Muy poco ha de interesarle todo esto al señor de esta tierra. No se si ha de ser un Emir... ¿serán estas las tierras que me contaban mis amigos Olaf y Viggo? Los vikingos que encontré en la taberna cuando fui por el jamón que encargo mi mujer. Recordaba.

-Aquí están los dos. Frescos y bien empaquetados. 

-Pero solo han encargado uno.

-Si. Déjame revisar... Aquí. El otro también me lo ha encargado tu mujer, es para tu suegra.

-Perfecto. ¡Pero estas mujeres! No me han avisado ja... y es que solo he traído dinero para uno, pero pasa a mi tienda. Propuso. Tengo una peineta adornada con plata. Lo han traído de tierras lejanas... ¡Ve, ve! Pasa por el.

Con todo el alboroto, la suegra cambio de planes, no ha ido. Muy seguramente se reunirán las señoras para hablar de los sucedido. Para enterarse. No vendrá pronto.

Queriendo enterarse un poco mas, comento con un cliente de la taberna, cerrada aun.

-Esta cerrada y no hay por aquí a la mano unas lonchas de jamón fresco...

-¡Oh, tengo un poco de jamón! Pasa, pasa.

Girando la llave abrió su local, perfectamente cerrado, sin daños en la puerta ni en la mercancía. Justo en la calle que subía al palacio de su persecutor, por donde pasaron los Vikingos a exigirle cuentas. Vender unas cuantas lonchas no le hará daño a nadie... El mismo lo había hecho pasar.

Pero cuan alegremente comerciábamos con ellos, antes del altercado ¡y lo que compraban! 

¡Santa María! Madre de Dios. Que susto me ha pegado uno de los tres chicos al hablarme. Tan metido estaba yo en mis pensamientos que he pegado un brinco de aquellos.

Presentándose el joven lo saludo.

-Hola ¿viene usted con los navegantes?

Había dicho su nombre y quien sabe que... Con voz afable y un buen semblante. Pero no lo escucho, por oír sus recuerdos. Tan marcados como una traición.

-Eh, no. No...

En ese momento recordó al joven Balduino.

¡Es que lo he perdido! Pensó. La inquietud se apodero de el.

-Yo... estaba con un joven.

Declaro, sin saber cómo explicarse. 

-Tranquilo amigo. Replico el joven, tes morena alto y con un sombrero teñido de azul. Mi situación es similar a la suya.

Sirvieron agua muy dulce en sus vasos de barro. 

-Es aguamiel. Em... el sacan del maguey. Es muy dulce, bébanla. Esta buena.

Incitaba el joven M'ët'o Ats'i. De tes morena, cabellos negros y lacios, perfectamente peinados y cortados. Algo alto. Con una sonrisa tan dulce como la bebida en los vasos.

-Primero la cosen. Explicaba M'ët'o Ats'i. Una vez la han extraído de la planta. Después la enfrían y la beben.

Explicaba, dando las atenciones al extranjero.

Les convidaron tunas rojas, una que otra verde, blancas y pequeñas frutitas que parecen pasas, llamadas garambullos. La convivencia era bastante amena. Algunos niños jugaban en los alrededores, las damas cantaban alegres, hacían sonar cascabeles y tamborcitos, un hombre joven, soltero pienso yo, tocaba la flauta. Parecían ser una familia e invitados.

Los anfitriones con plumas de colores:

-Ajá, ajá...

-Si.

Las señoras pararon un momento la música de flautas y los cantos. Los niños dejaron sus tambores y cascabeles con las que alegraban la excursión.

-A ver. Sir. Francisco Drake. Usted va a regresar a sus naves en esta dirección.

Indicando con tres varitas el rumbo que había de seguir. Sir. Francis Drake que había acudido presuroso al llamado, observaba con atención. Una de las varitas apuntaba al nororiente, la otra a el oriente inclinándose cinco grados al sur, la tercer varita apuntaba al horizonte. Sir. Francis Drake observaba con atención. Le movía un poco las varitas en las manos a su interlocutor y señalaba ciertos puntos mientras hablaban 

El joven M'ët'o Ats'i se levanto y entrego a Sir. Francis Drake su carga. Un petate enrollado. Dio unas palabras en su idioma, otomí, saco una pluma pequeñita de su morral,   de tonos verde y azul, muy brillante, entregándosela dio por terminada su tarea. 

Don Fernando, verdadero nombre de "Mesholim" que no veía a su compañero por ninguna parte, se levantó inquieto. Se acerco a los sacerdotes, preocupado por el joven enmascarado.

-Don Fernando.

Exclamo uno de los sacerdotes. Adelantandose.

-Usted va a "La Reunión".

¿Cómo saben mi nombre? Pensó sorprendido.

-Yo venia con un joven. 

Explicó al fin.

-Yo también voy para allá.

Comento sonriente  M'ët'o Ats'i.

-No, no. 

Contesto el Sacerdote.

Fernando, que aun no sabia en donde estaba exactamente, ni entendía del todo lo que veía:

-Lo que digan los sacerdotes...

-jajaja... Permítame, no somos sacerdotes. No los tres. El es un adivino y yo un mago, el si es un sacerdote.

-Ustedes van al mismo lugar, pero por caminos separados.

M'ët'o Ats'i se despidió de ellos cobijándose un jorongo que traía enrollado, y emprendió el camino. El joven que antes hablaba con Fernando se levantó de su lugar, los anfitriones también se levantaron a despedirlos.

-Que lastima que no se quedan al asado.

 Se les unió la jovencita, colocándose un abrigo rosa con morado. Muy agraciada ella. 

Fernando los vio partir preguntándose ¿abrigos, con este calor?  Mientras sus amigos, los magos con plumas y ropas de colores, lo tomaban del brazo, uno de cada lado y el tercero del hombro izquierdo.

-Usted se va por...

-¡Acá!

Exclamaron alegremente, los tres al mismo tiempo.

¡Plumas deslumbrantes!, pequeñitas, y brillantes trinos. La figura de un coyote, un gato montes, diminutos aleteos y un abrigo rosa con morado.


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